jueves, 22 de septiembre de 2016

La Familia Maldita


En la mitología griega, Hemón (en griego antiguo Αἵμων Haímôn, ‘sangriento’) es un hijo de Creonte y de Eurídice, reyes de Tebas. Cuando Eteocles se negó a entregar el poder a su hermano Polinices tal como habían acordado, éste encabezó una expedición conocida como de Los siete contra Tebas para conquistar el trono por la fuerza. Tras una cruenta guerra, los dos hermanos acordaron decidir cual sería el soberano de la ciudad mediante un duelo a muerte. Sin embargo los dos se mataron recíprocamente, por lo que el gobierno de la ciudad pasó a manos de Creonte, tío de los malogrados príncipes. Nada más llegar al poder, Creonte declaró traidor a Polinices, prohibiendo, bajo pena de muerte, que su cuerpo recibiera las honras fúnebres que le correspondían. La hermana de Polinices, Antígona, desafió este decreto y escapó por la noche para incinerar el cadáver de su hermano, pero fue sorprendida por Creonte, que ordenó a su hijo Hemón que la enterrara viva en la misma tumba de Polinices. Hemón, que era el prometido de Antígona, suplicó a su padre clemencia para su amada, pero éste hizo oídos sordos a la petición de su hijo, pues deseaba librarse de un miembro de la familia tan potencialmente peligroso como Antígona. Finalmente intervino el ciego Tiresias, que hizo saber a Creonte la desaprobación de los dioses a su actitud. El rey tebano se resignó y revocó la pena de muerte a Antígona, pero ya era demasiado tarde, pues la joven se había ahorcado para evitar ser enterrada viva. Cuando Hemón vio el cuerpo de su amada, y con la misma espada se suicidó a los pies de su prometida.

También se suicidó Eurídice al conocer la trágica muerte de su hijo. Algunos autores afirman que Hemón fingió que iba a cumplir las órdenes de su padre, pero que huyó con Antígona y se escondieron entre los pastores, teniendo un hijo al que llamaron Meón. Una tercera versión obvia toda esta historia y afirma que Hemón murió devorado por la Esfinge antes de la llegada de Edipo, y que fue por esto por lo que su padre ofreció el trono de Tebas a aquel que les librase de tan monstruosa criatura. En el mito, los dos hermanos varones de Antígona se encuentran constantemente combatiendo por el trono de Tebas, debido a una maldición que su padre había lanzado contra ellos. Se suponía que Eteocles y Polinices se iban a turnar el trono periódicamente, pero, en algún momento, Eteocles decide quedarse en el poder después de cumplido su período, por lo que se desencadena una guerra, pues, ofendido, Polinices busca ayuda en Argos, una ciudad rival, arma un ejército y regresa para reclamar lo que es suyo. La guerra concluye con la muerte de los dos hermanos en batalla, cada uno a manos del otro, como decía la profecía. Creonte, entonces, se convierte en rey de Tebas y dictamina que, por haber traicionado a su patria, Polinices no será enterrado dignamente y se dejará a las afueras de la ciudad al arbitrio de los cuervos y los perros. (Este mito es contado en la tragedia Los siete contra Tebas de Esquilo.) Los honores fúnebres eran muy importantes para los griegos, pues el alma de un cuerpo que no era enterrado estaba condenada a vagar por la tierra eternamente. Por tal razón, Antígona decide enterrar a su hermano y realizar sobre su cuerpo los correspondientes ritos, rebelándose así contra Creonte, su tío y suegro (pues estaba comprometida con Hemón, hijo de aquel). La desobediencia acarrea para Antígona su propia muerte: condenada a ser sepultada viva, evita el suplicio ahorcándose. Por otra parte, Hemón, al ver muerta a su prometida, tras intentar matar a su padre, se suicida en el túmulo, abrazado a Antígona; mientras tanto, Eurídice, esposa de Creonte y madre de Hemón, se suicida al saber que su hijo ha muerto. Las muertes de Hemón y Eurídice provocan un profundo sufrimiento en Creonte, quien finalmente se da cuenta de su error al haber decidido mantener su soberanía por encima de todos los valores religiosos y familiares, acarreando su propia desdicha

Cleopatra



Última reina de Egipto, perteneciente a la dinastía de los Lágidas o Ptolomeos (Alejandría, 69 - 30 a. C.). Hija de Ptolomeo XII, fue casada con su propio hermano Ptolomeo XIII, con quien heredó el Trono en el año 51 a. C.

Pronto estallaron los conflictos entre los dos hermanos y esposos, que llevaron al destronamiento de Cleopatra. Sin embargo, su suerte cambió al llegar hasta Egipto las luchas civiles de Roma: persiguiendo a su enemigo Pompeyo, Julio César fue a Egipto y tomó partido por Cleopatra en el conflicto con su hermano. Durante la llamada «Guerra Alejandrina» (48-47 a. C.) murieron tanto Pompeyo como Ptolomeo XIII y tuvo lugar el incendio de la legendaria Biblioteca de Alejandría, que se perdió para siempre. Cleopatra fue repuesta en el Trono por César, que se había convertido en su amante (46 a. C.); y contrajo matrimonio de nuevo con su otro hermano, Ptolomeo XIV, a quien manejó a su antojo. Cleopatra trató de utilizar su influencia sobre César para restablecer la hegemonía de Egipto en el Mediterráneo oriental como aliada de Roma; y el nacimiento de un hijo de ambos -Ptolomeo XV o Cesarión- parecía reforzar esa posibilidad.

Tras el asesinato de César en el 44 a. C., Cleopatra intentó repetir la maniobra seduciendo a su inmediato sucesor, el cónsul Marco Antonio, que por aquel entonces luchaba con Augusto por el poder (36 a. C.). Cleopatra y Antonio impusieron su fuerza en Oriente creando un nuevo reino helenístico capaz de conquistar Armenia en el 34. Entonces estalló la «Guerra Ptolemaica» (32-30 a. C.), por la que Augusto llevó hasta Egipto su lucha contra Antonio.

El enfrentamiento definitivo tuvo lugar en la batalla naval de Actium (31), en la que la flota de Antonio fue derrotada fácilmente al abandonarle los egipcios. Marco Antonio consiguió huir y refugiarse con Cleopatra en Alejandría; cuando las tropas de Augusto tomaron la ciudad, Antonio se suicidó. Cleopatra intentaría aún, por tercera vez, seducir al guerrero romano -en esta ocasión Octavio Augusto- para salvar la vida y el Trono; pero Augusto se mostró insensible a sus encantos y decidió llevarla a Roma como botín de guerra. Ante tal perspectiva, Cleopatra se suicidó por el procedimiento ritual egipcio de hacerse morder por un áspid. Augusto aprovechó la circunstancia para asesinar también a su hijo Cesarión, extinguiendo así la dinastía ptolemaica y anexionando Egipto al Imperio Romano.


La Lámpara de Davy


Este renombrado químico inglés nació el 17 de diciembre de 1778 en Penzance, Cornualles y murió el 29 de mayo de 1829 en Ginebra, Suiza; su padre fue un escultor de madera y, por lo tanto, Davy se había procurado una educación autodidacta. Tras leer el Tratado elemental de Lavoisier, Humphry Davy se interesó por la química. Con veinte años ingresó en la Medical Pneumatic Institution en la que investigó sobre las aplicaciones terapéuticas de gases, como el óxido nitroso (gas de la risa) Por insistencia de sus padres abandona sus inclinaciones hacia el arte e inicia sus estudios en medicina En el año 1798 inicia experimentos sobre las propiedades médicas de algunos gases, y tal cual se señaló anteriormente, descubre los efectos anestésicos del óxido nitroso (gas de la risa o gas hilarante). Fue profesor adjunto de química en la Institución Real de Londres en 1801 y un año después se le nombró profesor. En 1803 fue nombrado miembro de la Royal Society. Cuatro años más tarde descubre el potasio, aísla el sodio por medio de la electrolisis de la sosa cáustica y propone el nombre de aluminum (aluminio) para un metal todavía no descubierto. 
En 1808 obtiene el boro aunque no la reconoce como un nuevo elemento. También obtuvo otros nuevos elementos puros mediante electrolisis como el magnesio y el calcio; y fue el primero en aislar el estroncio, también mediante electrolisis.

Pocos años más tarde demuestra que el cloro es un elemento químico y, junto con W. T. Brande, consigue aislar al litio. En esta institución, realiza investigaciones sobre los efectos de la electricidad en los compuestos químicos. En el año 1807 recibió el premio Napoleón del Instituto Francés. 


Fabricó la mayor batería construida hasta entonces, con 250 células y pasó una corriente eléctrica potente a través de soluciones de varios compuestos sospechosos de contener elementos químicos no descubiertos. Aisló con este método electrolítico el potasio y el sodio. Además preparó calcio con el mismo método. Posteriormente, conoce el procedimiento de la electrólisis para descomponer el agua. Entonces, inicia experimentos para lograr efectos análogos en otros compuestos minerales.

Descubre varios elementos entre los que se cuenta el potasio. A éste llega tras efectuar la electrólisis a la potasa. Fabricó la mayor batería construida hasta entonces, con 250 células y pasó una corriente eléctrica potente a través de soluciones de varios compuestos sospechosos de contener elementos químicos no descubiertos. Sus experimentos con los ácidos indicaron que es el hidrógeno, y no el oxígeno, el que produce las características de los ácidos. Inventó la lámpara de seguridad para los mineros en 1815, la cual enciende una llama que está aislada mediante una tela metálica.

La tela permite que la luz salga, pero no la temperatura necesaria para que los gases entren en conflagración. Davy fue mentor de Michael Faraday, con quien fundaría la electroquímica. Creó una lámpara de seguridad para las minas y fue el pionero en el control de la corrosión mediante la protección catódica. También estudió la respuesta del cuerpo humano a la electricidad. Por esto y por las investigaciones descritas recibió la medalla de oro y plata de Rumford de la Royal Society . Nombrado sir en 1812, fue baronet en 1818. En 1820 fue presidente de la prestigiosa Royal Society, institución que en español se denomina Sociedad Real. Cita de H. Davy:“Afortunadamente, la ciencia, al igual que la naturaleza a la que pertenece, ni está limitada por el tiempo ni por el espacio. Pertenece al mundo, y no es de ningún país ni de ninguna edad. Cuanto más sabemos, más sentimos nuestra ignorancia, más sentimos todo lo que sigue siendo desconocido; y en la filosofía, no se puede aplicar el sentimiento del héroe macedonio, - siempre hay nuevos mundos que conquistar”.


La Piramide de Kheops


Egipto tiene más de cien pirámides de distintas dimensiones y hay casi cincuenta más en el vecino Sudán. Sin embargo, las tres Grandes Pirámides de Giza han ganado su fama por ser las mayores de todas ellas. En las fotos más conocidas, la pirámide central, es decir la de Kafra (o Kefrén), parece más grande debido al ángulo de enfoque y a que fue construida sobre un terreno más elevado, pero la mayor de las tres pirámides es la Gran Pirámide de Keops, hoy en día también conocida como la Gran Pirámide. La Pirámide de Keops sirvió como tumba para el faraón Jufu, conocido también por su nombre en griego, Keops, en la dinastía IV. Se estima que se terminó de construir entre el año 2550-2570 AC Es la única sobreviviente de las célebres Siete Maravillas del Mundo Antiguo, citada por Antípatro de Sidón en el año 125 AC, las otras dos pirámides de la necrópolis (Kefrén y Miceriono) no están incluidas en estas maravillas antiguas. Heródoto que visitó el lugar en el 450 AC mencionó que su construcción duró 20 años. Para unos es la conclusión lógica del camino en la arquitectura funeraria, cuyo punto de partida se encuentra en la mastaba, hasta llegar a la pirámide más perfecta de todas. Para otros es una obra de ingeniería imposible aún hoy en día. Unos creen que en su geometría se halla escrita toda la historia de la Humanidad, otros que es como un gigantesco orbe de conocimientos. 


Unos ven en ella la tumba del más ególatra y tirano de los soberanos, otros un monumento legado por una civilización anterior a todas las conocidas. Algunos ven a miles de esclavos trabajando a golpe de látigo y otros creen ver mano de obra extraterrestre. Se ha dicho de ella que es una tumba, una gran central energética, una reproducción a escala de la Tierra, un observatorio celeste, una Biblia escrita en piedra… Los tesoros del Faraón Son numerosas y antiguas las historias sobre exploradores que en muchos casos destruyeron tesoros arqueológicos e incluso desaparecieron o perdieron la vida en la búsqueda de los tesoros que supuestamente habían sido enterrados con el faraón.

Durante las excavaciones realizadas por los árabes en la Pirámide de Keops, se encontraron losas y pedruscos que habían sido usados para sellar los pasajes y las cámaras. También se encontraron puertas secretas. Esto alimentó los numerosos mitos sobre la posibilidad de que las pirámides fueran una trampa, y que aquellos que entraban luego no podían salir vivos. Un explorador inglés del siglo XVII logró descubrir otro hueco que conectaba los pasajes, pero no encontró ningún tesoro. De esto se desprenden dos posibles conclusiones, una, que los antiguos saqueadores de tumbas hubiesen robado los tesoros de las pirámides siglos antes de la entrada de los árabes, dejando las cámaras vacías, y la otra, que la momia de Keops y sus tesoros estén aún astutamente ocultos dentro, o debajo de la Gran Pirámide.Nadie sabe con certeza el sistema que se utilizó para construir las pirámides de Egipto pues aunque varias teorías ofrecen respuestas posibles al modo en que se trasladaron los bloques de piedra, queda por encarar los problemas técnicos que implican la colocación y elevación de dichas piedras, así como la exactitud en su colocación, medidas y cálculos. Dicha construcción ha sido atribuida a extraterrestres, atlantes, egipcios anteriores a Keops o a otras culturas o civilizaciones desconocidas.

Herodoto, fue el primero en hacer referencia a su modo de construcción cuando las visitó 2000 años después de haber sido construidas y ofrece la única descripción histórica con que se cuenta. Declara en lo referente a la construcción del monumento de Keops: Sistema constructivo según Herodoto "Esta pirámide fue construida de la siguiente manera: se colocaron al principio una serie de gradas que algunos llaman crossai y otros bomides. Después de haberle dado para empezar, esta primer forma, se procedió a subir las piedras restantes, por medio de máquinas construidas con trozos cortos de madera, desde el suelo las subían a la primera plataforma, cuando la piedra había llegado allí, era colocada en otra máquina instalada sobre esta primera plataforma y pasaba a otra grúa, pues había tantas máquinas como plataformas. O quizás sólo había una máquina, fácil de transportar, que trasladaban de un piso a otro, después de haber retirado la piedra, indicamos los dos procedimientos, según las dos versiones que hemos oído. Lo primero que hicieron fue llegar al vértice de la pirámide, después pasaron a las partes que quedaban inmediatamente debajo, y por fin, dieron el último toque a los pisos próximos al suelo y al pie mismo del edificio." Hasta el presente no se han aportado pruebas en apoyo a las declaraciones de Herodoto en su conjunto.


La Armada Invencible

" Yo mandé mis barcos a luchar contra los hombres , no contra los elementos "

Armada Invencible es un término de origen inglés, para referirse a la Empresa de Inglaterra de 1588 proyectada por el monarca español Felipe II para destronar a Isabel I de Inglaterra e invadir Inglaterra. El ataque tuvo lugar en el contexto de la Guerra anglo-española de 1585-1604. El ataque fracasó pero la Guerra se extendió 6 años más y terminó con el Tratado de Londres de 1604, favorable a España. Felipe II decidió articular el ataque conjuntamente, y de manera compleja, desde Portugal y desde las posesiones españolas en los Países Bajos. Se armó una gran flota en puertos españoles que recibió el nombre de Grande y Felicísima Armada. Las Armada enviada desde Portugal, país que se encontraba bajo la corona española, participaría en el combate mientras que las fuerzas españolas que salieran simultáneamente desde Países Bajos, con los Tercios de Flandes, se encontrarían entre el Canal de la Mancha y el Mar del Norte con las que venían desde Portugal, con el objetivo de invadir Gran Bretaña.7 Esta invasión no pretendía la anexión de las islas británicas al Imperio español sino la expulsión de Isabel I del trono inglés, y respondía a la ejecución de María Estuardo, a su política anti-española de piratería y de la Guerra de Flandes.
Debía mandarla el almirante de Castilla Don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, pero murió poco antes de la partida de la flota, siendo sustituido a toda prisa por Alonso Pérez de Guzmán (VII duque de Medina-Sidonia), Grande de España. Estaba compuesta de 127 barcos que partieron de España, y de ellos, 122 barcos penetraron en el Canal de la Mancha. Las turbulentas condiciones meteorológicas en el mar llevaron al naufragios a muchas naves, sin embargo 87 barcos, unas tres cuartas partes, regresaron a España sin haber cumplido su misión de derrotar las fuerzas inglesas y favorecer el ataque desde Flandes.
Al año siguiente Inglaterra intentó aprovechar la ventaja obtenida tras este fracaso de ataque español y realizó su propia flota, la Contraarmada o Invencible inglesa (con una flota aún mayor que la española), resultando en otro absoluto fracaso y devolviendo el statu quo al conflicto. En 1558 el Imperio Español se extendía por América y Filipinas, además de haberse anexionado los territorios del Imperio Portugués, por derechos sucesorios. El interés de España por Inglaterra era geopolítico, al ser un reino de importancia que podría ser un perfecto paraguas para sus posesiones Países Bajos frente a ataques franceses o rebeliones protestantes. Felipe II contrajo matrimonio con la reina católica de Inglaterra María I, de modo que el hijo que tuvieran pudiera reinar en España y en Inglaterra. María I, a instancias de su consorte, Felipe II, comienza a construir una armada inglesa moderna, bautizando el primer barco como Felipe y María en conmemoración de su casamiento. María I fallece sin darle a Felipe II un hijo y la hermanastra de María, Isabel I de Inglaterra accede al trono en 1558. Isabel I comienza a restaurar el régimen protestante en Inglaterra y Felipe II intentará detener el proceso y asegurarse la alianza con Inglaterra y propondrá matrimonio a Isabel I, proposición que es rechazada por Isabel. Felipe II de España Isabel I de Inglaterra conviven de manera pacífica durante su primera década de reinado. A la postre, España había sufrido constantes ataques en sus colonias de Ultramar y de sus barcos mercantes por parte del pirata John Hawkins y de su primo Sir Francis Drake, que actuaban con expediciones financiadas por Isabel I pero sin perder su condición de piratas y tratantes de esclavos africanos.
En 1568 Hawkins y Drake, en una tormenta, buscará refugio en un puerto de México, Nueva España, lo que España ve como una ocasión para atacarles, teniendo lugar la Batalla de San Juan de Ulúa, que se salda con una victoria española. Isabel responde a este ataque a naves inglesas atacando 5 galeones españoles cargados de oro. En 1570 el Papa Pío V promulga una bula que excomulga a Isabel I y autoriza a cualquier católico para asesinarla y a cualquier monarca católico para destronarla. Felipe II no se muestra interesado, pero el agente papal italiano Roberto di Ridolfi se presenta ante la Corte de España y propone al Rey una conspiración para asesinar a Isabel I y sustituirla por la Reina de Escocia, María Estuardo, de religión católica.17 El Rey de España mandará agentes a Inglaterra para iniciar la rebelión pero esta jamás llega a estallar porque los espías de Isabel descubren el complot. Isabel decide iniciar un plan para dar dinero y tropas a los rebeldes protestantes de Países Bajos. A partir de 1572 Isabel comienza a financiar expediciones corsarias de Hawkins y Drake en las costas del Caribe capturando botines de ciudades españolas. En 1585 Drake ataca puertos de Galicia atentando contra iglesias y matando a curas y a monjas, por lo que Felipe II decide atacar por fin Inglaterra.

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Los Tres Mosqueteros

La historia inicia en 1625, en Francia. El protagonista, D'Artagnan, nacido en una familia noble empobrecida de Gascuña, se va de casa a París para cumplir su gran sueño: convertirse en un mosquetero de la «Compañía de Mosqueteros del Rey». Por fortuna, su padre conoce al capitán Señor de Trèville, el capitán de la compañía de mosqueteros (también gascón, y compañero suyo en las guerras de Enrique IV) y le ha escrito una carta de presentación, que le entrega junto con otros dos regalos, un caballo y la espada. En el camino de París, el joven gascón se ve envuelto en una pelea con un caballero misterioso y es atacado por los lacayos de la posada cercana, quedando herido e inconsciente. Cuando D'Artagnan recupera la conciencia, se da cuenta de que el caballero ha robado su carta de presentación. El posadero se las arregla para tener en sus manos gran parte de la cantidad de dinero limitada de D'Artagnan, así como su recuperación. En París, D'Artagnan va directo al cuartel general de los mosqueteros. Obtiene audiencia y es introducido en la antecámara, pero careciendo de la carta de su padre es recibido fríamente por el Señor de Trèville. En una serie de incidentes en el cuartel general, D'Artagnan es retado a duelo por los tres mosqueteros: Athos, Porthos y Aramis. Los cuatro hombres se encuentran y D'Artagnan comienza a luchar contra Athos (su primer retador), sin embargo, son interrumpidos por los guardias del Cardenal Richelieu que amenazan con arrestarlos, porque los duelos están prohibidos por decreto real. Los tres mosqueteros y D'Artagnan se unen para derrotar a los guardias del cardenal, batiendo D'Artagnan a Jussac, capitán de los guardias del Cardenal y una de las primeras espadas del reino. De esta manera, al derrotarlo, el gascón se gana el respeto y la amistad de Athos, Porthos y Aramis, volviéndose inseparables camaradas, así como el favor del Señor de Trèville. Luego de una entrevista con el rey Luis XIII, quien por su rivalidad con el cardenal queda encantado con D'Artagnan, éste último es aceptado como cadete de un regimiento de la Guardia Real, presidida por el Señor de Essarts, esperando la posibilidad de llegar a ser mosquetero. Después de obtener alojamiento y tomar un criado, llamado Planchet, conoce a la joven y bonita mujer de su maduro casero, Constance Bonacieux, de la que inmediatamente se enamora. Constance y D'Artagnan ayudan a la reina de Francia, Ana de Austria y al Duque de Buckingham a mantener una cita secreta en el Palacio del Louvre. En la cita, la reina regala a su amante una caja de madera que contiene doce aretes de diamantes, originalmente regalados a ella por su esposo Luis XIII. El Cardenal Richelieu, informado del regalo por sus espías, persuade al rey para invitar a la reina a un baile donde se espera que ella luzca los aretes, con la esperanza de descubrir al rey su historia de amor con Buckingham. Constance intenta persuadir a su marido, el Señor Bonacieux, para ir a Londres y recuperar los herretes, pero éste había sido detenido, llevado a presencia del cardenal y convencido por éste de espiar a su esposa, por lo que se niega y la delata al Conde de Rochefort, agente del cardenal. D'Artagnan y sus amigos deciden asumir la misión en su lugar. Parten los cuatro amigos con sus lacayos, y después de una serie de aventuras y de quedar Porthos, Aramis y Athos fuera de combate y heridos por el camino, en emboscadas de los agentes del cardenal, D'Artagnan logra llegar a Inglaterra, tras herir y dejar fuera de combate a otro de los enviados del cardenal, el Conde de Wardes, y recuperar de Buckingham los herretes; al notar Buckingham que le han robado dos, y teniendo la certeza que ha sido obra de la condesa de Winter, cierra los puertos ingleses para evitar que los herretes robados lleguen al Cardenal, ordena a su joyero realizar dos réplicas, y los entrega a D'Artagnan, que parte para Francia y logra devolverlos a la reina Ana, justo a tiempo para salvar su honor, y para vergüenza del Cardenal, que es puesto en evidencia delante del Rey, debido a que presenta los dos herretes robados a Buckingham, y debe salir del paso regalándoselos a la Reina, puesto que ésta luce los doce herretes en el baile.

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Las Aventuras de Eneas

En la mitología greco-romana, Eneas (en griego antiguo Αἰνείας, Aineías, en latín Aeneas) es un héroe de la guerra de Troya, que tras la caída de la ciudad logró escapar, emprendiendo un viaje que lo llevaría hasta la tierra de Lacio (en la actual Italia) donde tras una serie de acontecimientos se convirtió en rey y a la vez en el progenitor del pueblo romano, pues en esa misma tierra dos de sus descendientes, Rómulo y Remo, fundarían la ciudad de Roma. Era hijo del príncipe Anquises y de la diosa Afrodita (Venus en la mitología romana); su padre era además primo del rey Príamo de Troya. Se casó con Creúsa, una de las hijas de Príamo, con la cual tuvo un hijo, llamado Ascanio o Iulo; en su huida de la ciudad acompañado de toda su familia, su esposa murió al quedarse atrás, apareciéndosele tiempo después como un fantasma para decirle que no se agobiase por su muerte, pues ese había sido su destino, así como el destino de Eneas sería ser el padre de una gran nación.


Posteriormente ya en la tierra de Lacio, se casó con la princesa Lavinia, hija del rey Latino, unión ésta la que es el origen mítico del pueblo romano. Se trata de una figura importante de las leyendas griegas y romanas. Sus hazañas como caudillo del ejército troyano son relatadas en la Ilíada de Homero, y su viaje desde Troya (guiado por Afrodita) que llevó a la fundación de Roma, fue relatado por Virgilio en la Eneida. Causada por el rapto de Helena, mujer de extraordinaria belleza y esposa de Menelao, rey de Esparta, la Guerra de Troya puso en escena a ilustres héroes troyanos, como Héctor, y griegos, como Áyax el Grande, Aquiles y el célebre Odiseo, hijo de Laertes y rey de Ítaca. Eneas se convirtió en el más valeroso de los héroes troyanos, después de Héctor. En los combates que tuvieron lugar durante la Guerra de Troya, se vio auxiliado y favorecido en varias ocasiones por algunos dioses, según cuenta la narración de Homero: fue herido por Diomedes pero su madre Afrodita lo salvó. En la acción posterior la propia Afrodita fue herida por Diomedes. Apolo envolvió a Eneas en una nube y lo transportó a Pérgamo, donde fue curado por Artemisa y por Leto. Posteriormente Eneas estuvo a punto de ser nuevamente herido por Aquiles y fue nuevamente salvado por un dios, Poseidón. En dos poemas perdidos del Ciclo Troyano, se ofrecían versiones diferentes acerca del destino de Eneas tras la caída de Troya: en la Pequeña Ilíada, Eneas fue parte del botín de Neoptólemo, el hijo de Aquiles y, tras la muerte de éste en Delfos, Eneas recobraba su libertad; sin embargo, en la Iliupersis, Eneas lograba escapar. Este último poema debió de constituir una de las fuentes principales de la tradición latina acerca de la fundación de Roma.
En la tradición romana, las aventuras y sucesos posteriores a la guerra de Troya son narrados, entre otros, por el poeta romano Virgilio, que era poeta oficial de Augusto. Cuando Troya cayó en poder de los aqueos gracias a la célebre astucia de Odiseo, Afrodita dijo a su hijo que huyera de la ciudad, que no muriera como un buen troyano, pues Troya ya no existía y para él se había reservado otro futuro. Eneas huyó con su padre Anquises, su esposa Creúsa (a la que tuvo que abandonar por orden de los dioses o, según otra tradición, porque se perdió) y su hijo Iulo (también llamado Ascanio). Entre los compañeros troyanos que huyeron con él, destacaban Acates, Sergeste, Acmón, el corneta Miseno y el médico Iapix. Se llevó también los Lares, los Penates así como, según algunas tradiciones, el Paladio. Eneas se dirigió con su grupo de troyanos en 20 naves a Macedonia. Tras varias escalas, llegó, con solamente 7 naves, a Cartago, donde la reina Dido se enamoró de él.
Pero por orden de Júpiter abandonó Cartago, y por ello la reina se suicidó. Más tarde, cuando Eneas descendió al Averno, trató de hablar con Dido, pero su fantasma se negó a perdonarlo. Las imprecaciones que formula Dido durante la partida de Eneas son reminiscencia de la llegada de Aníbal y de las guerras Púnicas. Luego se dirigió a Sicilia. Allí Eneas fue acogido por Acestes y recogió a uno de los marinos de Odiseo, Aqueménides. Cerca de la costa de Lucania, uno de los hombres de Eneas, Palinuro, se durmió y cayó al agua. Consiguió nadar hasta la playa, pero fue muerto por los lucanios. El monte Palinuro debe su nombre a este personaje.
   

Llegan a Cumas, después de llorar la desaparición de Palinuro. Los teucros se dispersan en busca de provisiones y descanso. Mientras, Eneas emprende camino a la acrópolis de Apolo para hablar con Deífobe, la sibila. Ésta les recibe, y les guía al interior del templo. Allí, la sacerdotisa entra en trance, y después de que Eneas prometa erigir un templo en honor de Apolo, habla el dios. Se le anuncia que llegará a Lavinio, pero que tendrá que luchar largamente, a causa de su matrimonio con una extranjera, antes de reinar sobre esas tierras, y que recibirá ayuda de una ciudad griega. Cuando la sibila termina de hablar, Eneas le pregunta cómo entrar al Averno para encontrar a su padre, que le ha rogado que se vean. 


Ésta le indica que deberá arrancar una rama dorada de un árbol que se halla poco antes de la entrada al Averno como ofrenda para Proserpina, pero que no podrá seguir su camino sin antes honrar la muerte de uno de sus compañeros. Eneas no sabe a quién se refiere, pero al llegar ve tendido y muerto a su amigo Miseno. Cortan troncos para una pira, y Eneas ruega por encontrar la rama dorada. Venus le oye, y con unas palomas le indica el lugar. Coge la rama y termina de celebrar el funeral de Miseno. A continuación realiza los sacrificios exigidos para entrar en el Averno. Con el amanecer, el suelo comienza a temblar, y la sacerdotisa ordena que sólo Eneas entrará con ella en los dominios de Plutón. Pasan por al lado de multitud de monstruos, y llegan al río Aqueronte, donde hallan al barquero Caronte, custodio de las aguas, y donde multitud de almas esperan cruzar el río.
En principio no les deja pasar, pero al ver la rama sagrada, Caronte cede y les deja subir en su barca. Llegan a la otra orilla, y al acercarse al can Cerbero le lanzan una torta somnífera para pasar. Lo rebasan y se alejan del río. Pasan por zonas divididas según la causa de la muerte de sus pobladores, y de repente encuentra a Dido. Intenta disculparse y explicarle las causas de su partida, pero ella hace oídos sordos y vuelve con Siqueo, que por fin la acompaña. Siguen Eneas y la sibila su camino, ven a muchos de los muertos en la guerra de Troya, entre ellos Deífobo, hijo de Príamo, con quien Eneas se para a hablar. La sacerdotisa le avisa de que van mal de tiempo, y siguen andando hacia el Elíseo.
Al llegar a las murallas de Plutón, clavan la rama dorada en la puerta, Eneas se rocía con agua fresca y avanzan, entrando en una región mucho más agradable que las anteriores, donde viven los bienaventurados. Preguntan por Anquises y les indican el camino. Al encontrarle, el padre de Eneas se emociona, y saluda cálidamente a su hijo. Le muestra como su descendencia de Lavinia, la mujer con la que se habrá de casar, dará origen a Silvio, Procas, Numitor a Rómulo, que fundará Roma, y al resto de gobernantes romanos, con sus triunfos y desgracias. Eneas se asombre ante la magnitud del poder que alcanzará Roma. Después, Anquises le muestra a su hijo todo aquello que deberá llevar a cabo si quiere ganar las guerras que más tarde tendrá forzosamente que ganar en el Lacio, mostrándoles detenidamente a sus futuros adversarios, los laurentes, y la ciudad de Latino, de donde procede su mujer, Lavinia. Una vez explicados todos los detalles, Anquises los conduce hasta las puertas del sueño, por donde podrán salir, y se despide de su hijo definitivamente. Eneas, una vez fuera del reino de Plutón, se dirige por el camino más corto hacia el lugar donde habían quedado las naves y sus hombres, y levan anclas. Pegados a la costa, navegan y llegan hasta el puerto de Cayeta. Atracan y bajan a tierra.

Tras celebrar en tierra funerales por la muerte de la nodriza de Eneas, reemprenden la navegación. Rodean, con ayuda de Neptuno, la tierra de Circe, y pronto divisan el reino de los laurentes. El rey Latino, descendiente de Saturno, sólo tiene una hija, Lavinia, a la que los hados le revelan que deberá casar con un pretendiente extranjero, rechazando incluso a Turno, el mejor de los pretendientes. Eneas y sus hombres bajan a tierra, preparan la comida y libaciones para los dioses, pero faltan víveres, y se comen parte de las ofrendas, lo que Ascanio compara con comerse las mesas. Estas palabras hacen recordar a Eneas la profecía de la arpía Celeno, y emocionado anuncia a sus compañeros que por fin han hallado la tierra prometida por los dioses, lo cual es confirmado por una nube dorada que aparece en el cielo. Al día siguiente, mandan cien embajadores a la corte del rey Latino, y el resto de los hombres empiezan a formar y amurallar un campamento. 


Una vez en el palacio, son recibidos por Latino, que les pregunta acerca de sus propósitos al haber llegado a sus tierras, a lo que éstos responden que han venido, tras prolongadas desgracias, en busca de tierras donde establecerse pacíficamente por designio de los dioses, y ofrecen ricos presentes al rey. Ante estas palabras, Latino recuerda el deber de casar a su hija con un extranjero, y acepta las propuestas troyanas, ofreciendo a su hija a Eneas. Los embajadores vuelven para llevar las noticias al campamento. Mientras, Juno descubre a los troyanos, y aunque no puede remediar que reinen sobre los latinos, tratará de ponerle los mayores obstáculos, para lo que pide ayuda a Alecto, diosa infernal, sembradora de pesares. Ésta se dirige en primer lugar hasta la mujer del rey. Le arroja una serpiente, con la que se hace dueña de sus actos, y hace que ruegue a Latino que renuncie a Eneas a favor de Turno. Al no poder convencerle, sale corriendo al bosque, donde esconde a Lavinia. Después vuela hasta el palacio de Turno, y presentándose ante él en forma de anciana, le exhorta a la lucha.
Tras conseguirlo, va en busca de Julo, y altera a sus perros para que devoren a unos cervatillos, propiedad de unos campesinos. Esto enfurece a los pastores y campesinos, que cargan contra los troyanos. Entablan lucha, y son observados por Juno y Alecto desde el cielo, pero Juno teme represalias de Júpiter y envía a la diosa infernal de vuelta a sus dominios. Mientras, los latinos parten hacia el castillo de Latino para pedirle que case a su hija con Turno, y así impedir que se comparta el reino con los troyanos. Latino se niega a hacer nada, pero Juno abre las puertas de la guerra, y toda Ausonia se levanta en armas contra los troyanos. Intervienen en el combate Mecencio y su hijo Lauso al mando de mil guerreros, Aventino con tropas y vestido a la manera hercúlea, los gemelos Catilo y Coras, el rey Céculo junto con una legión aldeana, Mesapo con varios ejércitos, Clauso con un gran ejército, Haleso con mil pueblos, Ebalo, Fuente al mando de los Ecuicolas, Umbrón, Virbio con caballería e infantería. Al frente de todos ellos marcha Turno, al que le sigue una nube de hombres llegados de todas partes. Además de los guerreros de la zona, llega para intervenir en la lucha Camila la guerrera, diestra en el arte de la guerra. Libro VIII Cuando Turno da la señal para que empiece la guerra, todos prestan juramento, y Mesapo, Fuente y Mecencio reclutan tropas de todos lados. Mientras, Eneas cavila sobre cómo resolver el conflicto, y al irse a dormir, se le presenta el dios Tíber, y le anuncia la pronta aparición de la ya predicha cerda blanca con sus treinta lechones que indicará dónde su hijo Ascanio debe fundar la ciudad de Alba Longa. Además le revela que para vencer en la guerra debe dirigirse a Palanteo, ciudad fundada por arcadios y gobernada por Evandro, ya que éstos se hallan en permanente enfrentamiento con los latinos, con quienes establecerá un tratado, ofreciéndose el propio Tíber a remontarles río arriba.

Al llegar la Aurora, Tíber se despide, no sin antes recomendar a Eneas que haga libaciones en honor suyo, y en el de Juno para aplacarla. Con el día, Eneas despierta, y tras reiterar sus promesas de sacrificios al Tíber, halla por fin la cerda blanca con sus lechones, la cual inmolan como sacrificio a Juno. Al llegar la noche, milagrosamente las aguas del río quedan totalmente quietas, de modo que los teucros cogen dos birremes y remontan el río para llegar a la región de los arcadios. Casualmente, cuando llegan, los arcadios estaban celebrando sacrificios en honor de Hércules, por lo que contemplan la llegada de los teucros. Palante, hijo de Evandro, pregunta a los troyanos cuáles son sus propósitos, y Eneas le explica su intención de formar una alianza con Evandro para combatir a los latinos. Palante, impresionado, le lleva hasta su padre. Una vez ante él, Eneas, apelando a antepasados comunes y al odio mutuo contra los latinos, reitera al rey su deseo de una alianza guerrera para hacerles frente. Evandro, que había conocido al padre de Eneas cuando era joven, acepta de buen grado la propuesta de Eneas, y le invitan a un banquete.


El Gran Embaucador


Los dioses habían condenado a Sísifo a empujar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña, desde donde la piedra volvería a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.
Si se ha de creer a Homero, Sísifo era el más sabio y prudente de los mortales. No obstante, según otra tradición, se inclinaba al oficio de bandido. No veo en ello contradicción. Difieren las opiniones sobre los motivos que le convirtieron en un trabajador inútil en los infiernos. Se le reprocha, ante todo, alguna ligereza con los dioses. Reveló sus secretos. Egina, hija de Asopo, fue raptada por Júpiter. Al padre le asombró esa desaparición y se quejó a Sísifo. Éste, que conocía el rapto, se ofreció a informar sobre él a Asopo con la condición de que diese agua a la ciudadela de Corinto. Prefirió la bendición del agua a los rayos celestes. Por ello le castigaron enviándole al infierno. Homero nos cuenta también que Sísifo había encadenado a la Muerte. Plutón no pudo soportar el espectáculo de su imperio desierto y silencioso. Envió al dios de la guerra, quien liberó a la Muerte de manos de su vencedor. Se dice también que Sísifo, cuando estaba a punto de morir, quiso imprudentemente poner a prueba el amor de su esposa. le ordenó que arrojara su cuerpo sin sepultura en medio de la plaza pública. Sísifo se encontró en los infiernos y allí irritado por una obediencia tan contraria al amor humano, obtuvo de Plutón el permiso para volver a la tierra con objeto de castigar a su esposa. Pero cuando volvió a ver este mundo, a gustar del agua y el sol, de las piedras cálidas y el mar, ya no quiso volver a la sombra infernal. Los llamamientos, las iras y las advertencias no sirvieron para nada. Vivió muchos años más ante la curva del golfo, la mar brillante y las sonrisas de la tierra. Fue necesario un decreto de los dioses. Mercurio bajó a la tierra a coger al audaz por la fuerza, le apartó de sus goces y le llevó por la fuerza a los infiernos, donde estaba ya preparada su roca. Se ha comprendido ya que Sísifo es el héroe absurdo. Lo es en tanto por sus pasiones como por su tormento. Su desprecio de los dioses, su odio a la muerte y su apasionamiento por la vida le valieron ese suplicio indecible en el que todo el ser dedica a no acabar nada. Es el precio que hay que pagar por las pasiones de esta tierra. No se nos dice nada sobre Sísifo en los infiernos. Los mitos están hechos para que la imaginación los anime. Con respecto a éste, lo único que se ve es todo el esfuerzo de un cuerpo tenso para levantar la enorme piedra, hacerla rodar y ayudarla a subir una pendiente cien veces recorrida; se ve el rostro crispado, la mejilla pegada a la piedra, la ayuda de un hombro que recibe la masa cubierta de arcilla, de un pie que la calza, la tensión de los brazos, la seguridad enteramente humana de dos manos llenas de tierra. Al final de ese largo esfuerzo, medido por el espacio sin cielo y el tiempo sin profundidad, se alcanza la meta. Sísifo ve entonces como la piedra desciende en algunos instantes hacia ese mundo inferior desde el que habrá de volverla a subir hacia las cimas, y baja de nuevo a la llanura. Sísifo me interesa durante ese regreso, esa pausa. Un rostro que sufre tan cerca de las piedras es ya él mismo piedra. Veo a ese hombre volver a bajar con paso lento pero igual hacia el tormento cuyo fin no conocerá. Esta hora que es como una respiración y que vuelve tan seguramente como su desdicha, es la hora de la conciencia. En cada uno de los instantes en que abandona las cimas y se hunde poco a poco en las guaridas de los dioses, es superior a su destino. Es más fuerte que su roca. Si este mito es trágico, lo es porque su protagonista tiene conciencia. ¿En qué consistiría, en efecto, su castigo si a cada paso le sostuviera la esperanza de conseguir su propósito? El obrero actual trabaja durante todos los días de su vida en las mismas tareas y ese destino no es menos absurdo. Pero no es trágico sino en los raros momentos en se hace consciente. Sísifo, proletario de los dioses, impotente y rebelde conoce toda la magnitud de su condición miserable: en ella piensa durante su descenso. La clarividencia que debía constituir su tormento consuma al mismo tiempo su victoria. No hay destino que no venza con el desprecio. Por lo tanto, si el descenso se hace algunos días con dolor, puede hacerse también con alegría. Esta palabra no está de más. Sigo imaginándome a Sísifo volviendo hacia su roca, y el dolor estaba al comienzo. Cuando las imágenes de la tierra se aferran demasiado fuertemente al recuerdo, cuando el llamamiento de la dicha se hace demasiado apremiante, sucede que la tristeza surge en el corazón del hombre: es la victoria de la roca, la roca misma. La inmensa angustia es demasiado pesada para poderla sobrellevar. Son nuestras noches de Getsemaní. Sin embargo, las verdades aplastantes perecen al ser reconocidas. Así, Edipo obedece primeramente al destino sin saberlo, pero su tragedia comienza en el momento en que sabe. Pero en el mismo instante, ciego y desesperado, reconoce que el único vínculo que le une al mundo es la mano fresca de una muchacha. Entonces resuena una frase desesperada: «A pesar de tantas pruebas, mi edad avanzada y la grandeza de mi alma me hacen juzgar que todo está bien». El Edipo de Sófocles, como el Kirilov de Dostoievsky, da así la fórmula de la victoria absurda. La sabiduría antigua coincide con el heroísmo moderno. No se descubre lo absurdo sin sentirse tentado a escribir algún manual de la dicha. « ¿Cómo? ¿Por caminos tan estrechos...?». Pero no hay más que un mundo. La dicha y lo absurdo son dos hijos de la misma tierra. Son inseparables. Sería un error decir que la dicha nace forzosamente del descubrimiento absurdo. Sucede también que la sensación de lo absurdo nace de la dicha. «Juzgo que todo está bien», dice Edipo, y esta palabra es sagrada. Resuena en el universo y limitado del hombre. Enseña que todo no es ni ha sido agotado. Expulsa de este mundo a un dios que había entrado en él con la insatisfacción y afición a los dolores inútiles. Hace del destino un asunto humano, que debe ser arreglado entre los hombres. Toda la alegría silenciosa de Sísifo consiste en eso. Su destino le pertenece. Su roca es su cosa. Del mismo modo el hombre absurdo, cuando contempla su tormento, hace callar a todos los ídolos.
En el universo vuelto de pronto a su silencio se alzan las mil vocecitas maravillosas de la tierra. Llamamientos inconscientes y secretos, invitaciones de todos los rostros constituyen el reverso necesario y el premio de la victoria. No hay sol sin sombra y es necesario conocer la noche. El hombre absurdo dice que sí y su esfuerzo no terminarán nunca. Si hay un destino personal, no hay un destino superior, o, por lo menos no hay más que uno al que juzga fatal y despreciable. Por lo demás, sabe que es dueño de sus días. En ese instante sutil en que el hombre vuelve sobre su vida, como Sísifo vuelve hacia su roca, en ese ligero giro, contempla esa serie de actos desvinculados que se convierten en su destino, creado por el, unido bajo la mirada de su memoria y pronto sellado por su muerte. Así, persuadido del origen enteramente humano de todo lo que es humano, ciego que desea ver y que sabe que la noche no tiene fin, está siempre en marcha. La roca sigue rodando.
Dejo a Sísifo al pie de la montaña. Se vuelve a encontrar siempre su carga. Pero Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. Él también juzga que todo está bien. Este universo en adelante sin amo no le parece estéril ni fútil. Cada uno de los granos de esta piedra, cada trozo mineral de esta montaña llena de oscuridad forma por sí solo un mundo. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre.  



viernes, 16 de septiembre de 2016

Juan Enrique Dunant - Fundador de la Cruz Roja


Dunant nació en Ginebra, primogénito del hombre de negocios Jean-Jacques Dunant y su esposa Antoinette Dunant-Colladon. Su familia era muy devota del calvinismo y tenía gran influencia en la sociedad ginebrina. Sus padres enfatizaron el valor del trabajo social, según el ejemplo de su padre que era muy activo ayudando a huérfanos y presos liberados, mientras que su madre trabajaba con los enfermos y los pobres.

Muy influyente en la formación del joven Dunant resultó una visita a Toulon donde vio el sufrimiento de los presos. Dunant creció en el período del despertar religioso conocido como el Réveil, y a los dieciocho años se unió a la Sociedad Ginebrina de las Almas. Al año siguiente, junto a unos amigos, fundó la llamada «Asociación del Jueves», un grupo de jóvenes que se reunían para estudiar la Biblia y ayudar a los pobres, y pasó mucho de su tiempo libre ocupado en visitas a la prisión y trabajo social. El 30 de noviembre de 1852 fundó el capítulo ginebrino de la que sería el núcleo fundacional de lo que luego sería la «Asociación Cristiana de Hombres Jóvenes» (YMCA) y tres años más tarde intervino en la reunión de París dedicada a la fundación de su organización internacional, cuyos estatutos redactó.

A los veintiun años, se le obligó a dejar el Collège Calvin por sus malas notas, y empezó como aprendiz en la firma de cambio de moneda Lullin und Sautter. Después de que concluyera favorablemente, permaneció como empleado del banco. Dunant llegó a Solferino en la tarde del 24 de junio de 1859, el mismo día en que tuvo lugar una batalla entre los ejércitos austriaco y franco-piamontés que combatían en la guerra italiana. 38.000 heridos, agonizantes o muertos permanecían en el campo de batalla, y había pocos intentos para ayudarlos. Impresionado, el propio Dunant tomó la iniciativa de organizar a la población civil, especialmente las mujeres y las chicas jóvenes, para proporcionar asistencia a los soldados heridos,mutilados y enfermos. Carecían de suficientes materiales y el propio Dunant organizó la compra de lo que se necesitaba y ayudó a levantar hospitales de campaña. Convenció a la población para que atendiese a los heridos sin fijarse en qué bando del conflicto estaban por el lema Tutti fratelli (Todos somos hermanos) acuñado por las mujeres de la cercana ciudad de Castiglione del Stiviere (Provincia de Mantua). Tuvo éxito igualmente para conseguir la liberación de médicos austríacos capturados por los franceses. Cabe resaltar que Dunant fue el inventor del actual botiquín de primeros auxilios.Al regresar a Ginebra a principios de julio, Dunant decidió escribir un libro sobre sus experiencias, que tituló Un Souvenir de Solferino. Se publicó en 1862 en una edición de 1.600 copias y se imprimió a costa del propio unant.


En el libro, describió la batalla, sus costes, y las caóticas circunstancias que la siguieron. También desarrolló la idea de que en el futuro una organización neutral debería existir para proporcionar cuidados a los soldados heridos. Distribuyó el libro a muchos líderes políticos y figuras militares en Europa. Dibujo de los cinco fundadores del Comité Internacional. Dunant comenzó a viajar por toda Europa promocionando sus ideas. Su libro fue recibido positivamente, y el Presidente de la Sociedad Ginebrina para el Bienestar Público, el jurista Gustave Moynier, hizo del libro y sus sugerencias el tema de la reunión de 9 de febrero de 1863. Las recomendaciones de Dunant se examinaron y se valoraron positivamente por los miembros. Ellos crearon un comité de cinco personas para investigar más la posibilidad de llevarlo a cabo e hicieron de Dunant uno de sus miembros. Los otros fueron Moynier, el general del ejército suizo Henri Dufour, y los médicos Louis Appia y Théodore Maunoir. Su primera reunión el 17 de febrero de 1863 se considera hoy en día la fecha de fundación del Comité Internacional de la Cruz Roja. Desde el principio, Moynier y Dunant tuvieron discrepancias y desacuerdos en relación con sus respectivas visiones y planes. 


Moynier consideraba la idea de Dunant de establecer protecciones neutrales para los cuidadores imposible de realizar y advertía a Dunant en que no insistiera en este concepto. Sin embargo, Dunant continuó defendiendo su posición en sus viajes y conversaciones con políticos de alto rango y militares. Esto intensificó su conflicto personal entre Moynier, que abordó el proyecto de manera bastante pragmática, y Dunant, que era el idealista visionario entre los cinco, y llevaron a que Moynier atacara a Dunant por el liderazgo. En octubre de 1863, catorce estados participaron en una reunión en Ginebra organizada por el comité para discutir la mejora del cuidado a los soldados heridos. El propio Dunant, sin embargo, fue sólo un líder por protocolo, debido a los esfuerzos de Moynier por disminuir su participación. Un año más tarde, una conferencia diplomática organizada por el Parlamento Suizo llevó a la firma de la primera Convención de Ginebra por doce estados. Dunant, de nuevo, se ocupó sólo de organizar el alojamiento de los asistentes.

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La Gioconda

Lisa Gherardini (Florencia, 15 de junio de 1479 – Florencia, 15 de julio de 1542), también conocida como Lisa del Giocondo, Lisa di Antonio María (Antonmaria) Gherardini, Lisa, y Mona Lisa, fue una noble florentina perteneciente a la familia Gherardini, originaria de la región de Toscana, en Italia. Su nombre fue adjudicado al retrato Mona Lisa (también conocido como La Gioconda) del cual fue modelo, y que había sido encargado por su esposo y pintado por Leonardo da Vinci durante el Renacimiento italiano.
Se conocen muy pocos detalles sobre la vida de Lisa; se sabe que nació en Florencia y contrajo matrimonio durante su adolescencia con un mercader de telas y seda que, años después, se convirtió en un funcionario local. Tuvo cinco hijos y mantuvo una vida de clase media acomodada y ordinaria. Lisa sobrevivió a su marido, que era considerablemente mayor que ella. Siglos después de la muerte de Lisa, La Gioconda se convirtió en la pintura más famosa del mundo y en un icono cultural separado de la vida de la Lisa histórica, la mujer. 

La atención de coleccionistas y eruditos del arte hizo que esta obra pictórica se convirtiera en un cuadro reconocido internacionalmente, así como en una importante inspiración a nivel comercial. Aunque desde el siglo XVI existen testimonios que vinculan a Lisa Gherardini con la mujer retratada en la pintura de Leonardo, no ha sido sino hasta comienzos del siglo XXI cuando se ha confirmado con certeza dicha relación. El 5 de marzo de 1495, a los quince años de edad, Lisa contrajo matrimonio con Francesco di Bartolomeo del Giocondo, convirtiéndose así en la segunda esposa de un mercader de textiles y seda modestamente exitoso.La dote de Lisa consistió en 170 florines y la granja de San Silvestro, cercana a la casa de campo de su familia, lo que da pie a conjeturar que los Gherardini no eran ricos en ese momento y que ella y su marido se amaban.. La propiedad se encontraba entre Castellina in Chianti y San Donato in Poggio, cerca de dos granjas que pertenecerían años después a Miguel Ángel. La pareja no se encontraba ni entre los más pobres ni los más ricos de Florencia, sino que más bien mantenían una vida de clase media.


Si bien el matrimonio de Lisa aumentó probablemente su estatus social, puesto que es factible que la familia de su esposo fuera más rica que su propia familia, se cree que él pudo haberse beneficiado del prestigio que poseía el apellido Gherardini. Ciertamente, la pareja habitó al principio en la vivienda familiar de los Giocondo, hasta que Francesco consiguió comprar la casa adyacente a la antigua residencia de su familia en Via della Stufa, el 5 de marzo de 1503. Se presume que Leonardo empezó a pintar el retrato de Lisa ese mismo año. Lisa y Francesco tuvieron cinco hijos: Piero, Camilla, Andrea, Giocondo y Marietta, de los cuales cuatro nacieron entre los años 1496 y 1507. Lisa también crio a Bartolomeo, hijo de Francesco y su primera esposa, Camilla di Mariotto Rucellai, la cual falleció cuando su hijo tenía apenas un año de edad. La madrastra de Lisa, Caterina di Mariotto Rucellai, y la primera esposa de Francesco eran hermanas y ambas pertenecían a la destacada familia Rucellai.
Al crecer, Camilla y Marietta se convirtieron en monjas católicas; la primera adoptó el nombre de sor Beatrice e ingresó en el convento de San Domenico di Cafaggio, donde fue confiada al cuidado de la hermana de Antonmaria, sor Albiera, y también bajo la custodia de las hermanas de Lisa, sor Camilla (acusada de no guardar la castidad y absuelta después de una escandalosa visita de cuatro hombres al convento) y sor Alessandra
Beatrice falleció a los 18 años y fue enterrada en la iglesia de Santa María Novella. Conjuntamente, Lisa desarrolló un vínculo cercano con el convento de Sant'Orsola, altamente respetado en Florencia y al cual se incorporó su hija Marietta en 1521. Marietta tomó el nombre de sor Ludovica y se convirtió en un miembro respetado del convento, donde alcanzó una posición de cierta influencia.25 Por otra parte, Francesco ejerció cargos gubernamentales en Florencia. Fue elegido como uno de los doce miembros del Dodici Buonomini en 1499 y consiguió una posición en la Signoria en 1512, donde fue confirmado como Priori en 1524. Posiblemente mantuvo vínculos políticos y comerciales con la familia Médici, por lo que en 1512 el gobierno de Florencia, que temía el regreso de los Médici del exilio, encarceló a Francesco con una multa de 1.000 florines. En septiembre, fue liberado, una vez que los Médici regresaron.